Y un día crecieron.

Mochilas listas, bolsa de dormir en un rincón esperando ser usada por primera vez. La carpa. Rotulado hasta el último calzoncillo.

Ellos todavía duermen en sueños de paz. Yo con tal ansiedad que casi no dormí. Mientras escuchaba soplar el viento y controlaba el clima por 4 portales diferentes. Para las 6 ya no quería saber nada de la cama.

Mañana tranquila, desayuno, ojos hinchados y medio pegoteados. Feli tose. Nada importante. Octavio se mancha con leche la remera pero no se la quiere cambiar. “Voy con la de Argentina”, dice. Se sube la campera y listo, la mancha desapareció. Rubrica su idea con una enorme sonrisa.

Vamos al club. Hay decenas de chicos riendo, corriendo, llevando a rastras las mochilas, bolsas, camperas, gorros. Feli va saltando ramas, Octavio va de las manos nuestras riendo.

Me duele el estómago.

Encontramos el grupo de Felipe. Se saluda con su profe y se sienta. Me agacho para darle un beso y me mira serio. Casi susurrando me dice al oído: “me traés la almohada después?”.

Y yo lo quiero llenar de besos, y decirle que todo va a estar bien, que sea feliz, que disfrute cada segundo. Que estoy tan orgullosa de él.

Sin embargo, le doy un beso enorme en la mejilla, y le digo que sí. Que se la traigo. Que juegue mucho mucho.

Y me voy. Porque ya casi que no puedo disimular las lagrimas.

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