Memorias.

Miércoles. 9 de julio. Argentina acababa de meter el último penal y entre la euforia y los gritos dijimos “agarren todo que vamos al centro a festejar”. Corridas, los chicos que piden que les pinte la cara. “No te olvides del sol, mamá”, dicen. Cinco minutos después estamos todos arriba del auto, camisetas, gorros, banderas y caras pintadas. Cantando canciones de cancha adentro de un auto. Tocando bocina.

Nosotros (el papá y yo) teníamos 6 años durante el mundial 78, igual que Feli ahora. Y los dos recordamos cada minuto de esa final. El festejo, la preparación para salir a gritar. Las ganas de una celebración. Quiso el destino que ese día nos encontrara en el mismo lugar y la misma plaza.

Y más de 30 años después estamos adentro de un auto con 2 hijos extasiados y contagiados con nuestra locura. En un momento nos miramos y lo supimos. Felipe no se va a olvidar de esto en toda su vida.

El saber que todo lo que pase, o le pase o vea o sienta o huela ya está quedando guardado crea piel de gallina. Y una responsabilidad terrible. Porque siempre sabemos que todo va marcando, para bien o para mal, pero el saber que los recuerdos ya son tangibles en su memoria es otro cuento.

Recordarán cuando se les rompió un juguete y estuvieron horas llorando? o cuando llegan de la escuela y Feli pregunta “qué es ese olor delicioso?” recordará ese olor?. Cuando sea grande y huela un guiso por ahí, le recordará el que le hacía su mamá cuando era chico?.

De nosotros depende.

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